martes, 7 de marzo de 2017

“EL MUNDO ESTÁ LLENO DE MUJERES COMO MI MAMÁ”


Si me preguntaran quien fue, es y será, la persona más influyente en mi vida, sin lugar a dudas diría que mi mamá. Pues, para mí no existe persona más fuerte que ella caminando sobre este mundo. 

Desde pequeño, aun cuando no he crecido mucho, imaginaba que la percepción que tenía de mi madre, era la percepción que el resto de la gente tenía de la mujer. Sin embargo, con el tiempo, fui descubriendo que para muchos las mujeres tenían que resignarse a un cuarto rodeado de estufas, ollas, y artefactos de color blanco, mientras el macho de la casa salía a ganarse los frejoles. Pero, aún con tal estereotipo, mi mamá tenía las riendas del destino de sus hijos, ella se las ingeniaba para estirar el presupuesto familiar, para luchar porque tuviéramos una vida distinta a la suya, aún cuando aceptaba su suerte. A pesar de ello, ella era mi inspiración, para mí sin su existencia no habría futuro, no habría progreso y quizá los sueños tendrían que dormir en un baúl. 

Nuestro pequeño pueblo, típico pueblito de la sierra del Perú, se había erigido sobre las bases de una cultura machistas. Las familias giraban alrededor de la voluntad del marido, concubino o hermano mayor, se comía lo que ellos querían comer, se dormía cuando ellos querían dormir. En las comidas se preguntaba a los hijos varones si tenían enamoradas o si habían tenido experiencia sexual, ante una respuesta positiva, inflaban el pecho, los ojos parecían salirse de sus rostro mientras decían: “ese es mi muchacho”. Pero nadie preguntaba a las hijas las mismas cosas; y es que, si las hijas habían tenido estas experiencias, se les obligaba a casarse.

Dicen que ahora estamos en el siglo XXI, que muchas cosas han cambiado. ¡Mentira! Aún existe esta cultura discriminatoria contra la mujer. Aún los hombres se creen con derecho a golpear a una mujer, aún se alucinan superiores a ellas, pese a que existen gracias a una ellas. Aún se cree que la mujer debe ganar menos que un hombre, aún se cree que la mujer no puede participar en política en una situación de paridad con los hombres, tanto así que debemos obligar a los partidos a considerar a mujeres en sus listas. 

Lo dicho hasta ahora, no puede conducirnos a pensar que esto solo sucede al interior de la familia, o que son prácticas ajenas al Estado, todo lo contrario, en muchas ocasiones ha sido el propio Estado quien ha ejercido violencia de género contra las mujeres.

Remontándonos a nuestra historia reciente, no debemos olvidar lo ocurrido en el mes de mayo del año 1992, en el Penal Castro Castro, donde se ejecutó un operativo para trasladar a ciertos internos, en el contexto de dicha operación se cometieron una serie de abusos contra las internas, las mismas que respondían a su condición de mujer.

Así, las internas que fueron trasladadas a las cárceles de “Santa Mónica de Chorrillos” y de “Cristo Rey de Cachiche” fueron objeto de constantes maltratos físicos y psicológicos. Se las mantuvo sin contacto con el mundo exterior, sin acceso a libros, televisión, radios o periódicos. No se les permitía hablar entre sí, leer o estudiar, ni realizar trabajos manuales de ningún tipo, ni siquiera aquellos que trataban de realizar con hilos tomados de sus propias ropas, con migas de pan o con restos de “valvas de choro” que venían en la sopa. Si eran inobservadas estas prohibiciones eran golpeadas. Se les negaba el acceso a materiales de aseo personal, tales como jabón, papel higiénico, toallas sanitarias, ni ropa íntima para cambiarse, así como ropa de abrigo. Eran encerradas las 24 horas del día en una celda de dos metros por dos metros, que tenían que ser compartidas al menos por dos personas; celdas que no tenían acceso a luz de ningún tipo, natural o artificial, por lo que permanecían en una oscuridad constante. Los alimentos eran escasos. Eran objeto de constantes requisas, durante las cuales recibían golpes, puntapiés, choques eléctricos, golpes en la planta de los pies con varillas, les arrojaban agua y las amenazaban con matarlas. Asimismo, si se negaban a cantar el himno nacional eran castigadas.

De ello se colige, que las mujeres se vieron afectadas por los actos de violencia de manera diferente a los hombres, que algunos actos de violencia se encontraron dirigidos específicamente a ellas y otros les afectaron en mayor proporción que a los hombres. 

Como puede apreciarse, la violencia de género, aquella que tiene en la mujer a su víctima más recurrente, está muy arraigada en nuestra sociedad, tanto que es necesario inculcar en las generaciones venideras, una cultura de respeto por la mujer y por la defensa de sus derechos. No se trata de circunscribir los problemas de nuestro país a las cuatro paredes de nuestra casa, sino de mirar más allá de la puerta de vuestras casas.

La violencia contra la mujer está allí, frente a nuestros ojos, aun cuando muchos no quieran verlo, convivir con ella nos convierte en salvajes, que si alguna vez fuimos racionales, lo dejamos de ser el día en el que aceptamos que es normal que existan actos de violencia contra una persona por el solo hecho de ser mujer, o que se cometan crímenes basados en la intolerancia, la discriminación y la segregación, o cuando cobijados en nuestras creencias religiosas decidimos que todo quede como está, o cuando archivamos denuncias por actos de violencia contra la mujer sin siquiera haber realizado un mínimo esfuerzo para no desampararlas.

El mundo está lleno de mujeres como mi mamá, -perdón por ser muy personalista, pero no puedo ocultar mi admiración y respeto por ella- así que de una vez por todas, démosles el lugar que les corresponde y asumamos el compromiso de poner un granito de arena para la construcción de una sociedad más igualitaria.

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